Lorena Domingo y el ideal ecológico

Dos figuras masculinas flanquean a una joven mujer. Podrían estar posando para un fotógrafo imaginario: <<Poneros ahí que os hago una foto>>. Pero las cabezas y extremidades se salen de encuadre, no se quedan suficientemente quietos y estables. Una refinada y sutil sugerencia sobre la levedad del ser, la inconsistencia, la temblorosa fugacidad de lo humano universal. Y sin embargo vive en nosotros la milenaria obsesión de que cualquier arquitectura debe estar sólidamente asentada sobre la tierra. <<En la Tierra>> puntualizaría Mircea Eliade sacralizando la cualidad vertical del estar de pie. Porque explicarle al sabio rumano que el brazo descomunal de la gravedad tira constantemente de nosotros hacia abajo, importa poco en la consideración hermenéutica eliadiana. Y es que en el cuadro de Lorena Domingo percibimos a los humanos sumidos en un déficit de gravedad: suspendidos, desvaídos, inconsistentes, movidos, pero que el efecto artístico los convierte en únicos, memorables, empáticos y magníficos.

En Stonehenge los megalitos del crómlech de Wilshire llevan miles de años exquisitamente clavados en tierra. El rito funerario al que servía el lugar, celebraba la vuelta definitiva del hombre a la tierra. Parecidas intenciones en el potentísimo estar sobre la tierra de la magnífica Esfinge vigilando la necrópolis de Giza; en los bases descomunales de las Pirámides; en los monumentos mesopotámicos; en el estar de pie de las Venus paleolíticas (Willendorf; etc), cuerpos de embarazadas proclamando la continuidad de los seres humanos sobre la tierra. Las iglesias románicas están tan ceñidas al suelo que parecen querer abrazarlo: Un bajar de Dios al hombre y no un subir del hombre a Dios como expresará luego el gótico de las catedrales. Y sin embargo en la Grecia clásica la filosofía y la arquitectura decidieron que la novedad del Partenón consistiría en hacerlo despegar del suelo.

El vacío entre las columnas nacaradas y acanaladas produciría un revolucionario efecto de flotación. Porque lo espiritual ya no se hospedaba en la tierra sino en el aire. Porque no hay esencialidad sin leggerezza (Lipovetski). En la genial película La juventud (La giovinezza, 2017) un monje tibetano encerrado en hermético recogimiento, levita finalmente en posición Padmasana para dirigirse al centro cósmico de la Esencia. Como esos personajes de Lorena Domingo, que en el estriptís metafísico practicado ante nosotros nos permiten ver el desnudo de lo que siendo real deviene inmaterial. Los tres son alegorías que representan a Todo El Mundo. Y están levitando hacia el nuevo Partenón que solo puede ser una Tierra perfectamente descontaminada. Han conseguido la sabiduría suprema de la no agresión a la Tierra. Lograr un ámbito vital universal desterrado ya el enemigo público número uno de la sofocante y espantosa contaminación.

José María Bardavió